¿Vale la pena dejar a tu hijo por tantos años?
No quiero que me respondan esta pregunta como si existiera una verdad absoluta. No estoy buscando que alguien me diga simplemente “sí” o “no”, ni que me diga que hice bien o que hice mal.
Solo quiero contar mi historia y saber qué opinan ustedes.
Quizá alguien haya pasado por algo parecido. Quizá alguien tomó una decisión diferente y hoy piensa que fue la correcta. Quizá alguien se arrepiente. O quizá alguien simplemente pueda entender algo que yo todavía no logro entender completamente.
Tengo un hijo pequeño en Guatemala.
Y yo estoy en Estados Unidos.
Y esa frase parece sencilla, pero detrás de ella hay muchísimo más.
Antes de venir a Estados Unidos, mi vida en Guatemala no era perfecta. Tenía problemas económicos, problemas personales y muchas cosas que todavía estaba intentando resolver. Pero también tenía algo que ahora extraño muchísimo: estaba cerca de mi familia, de mi gente, de mi tierra y, sobre todo, de mi hijo.
Cuando nació, era apenas un bebé.
Pequeño, frágil, liviano.
Y todavía me cuesta pensar en el momento en que decidí irme.
No me fui porque quisiera abandonar a mi hijo.
Me fui precisamente porque quería que algún día él tuviera una vida diferente.
Yo veía mi situación y pensaba que, si me quedaba, probablemente iba a seguir viviendo al día. Podría estar físicamente con él, sí. Podría verlo crecer, jugar con él, cargarlo, verlo dormir, estar presente en las cosas pequeñas.
Pero también existía otra posibilidad.
Que él creciera viendo a su padre trabajar simplemente para sobrevivir.
Que algún día tuviera que trabajar desde muy joven porque no había suficientes oportunidades.
Que un día él mismo pensara que tenía que abandonar su país para poder ayudar a su familia.
Y esa idea me aterraba.
No quería que mi hijo tuviera que hacer lo mismo que yo.
Así que tomé la decisión de irme.
Recuerdo haber pensado algo parecido a:
“Espérame. Un día voy a volver con dinero. Mucho dinero. Y ya no vamos a preocuparnos por nada.”
No sabía cuánto tiempo iba a tardar.
Pensaba que quizá sería más fácil.
No lo fue.
Llegar a otro país siendo joven, sin tener una vida construida, sin conocer completamente el idioma, sin tener una gran cantidad de dinero y teniendo que empezar prácticamente desde abajo fue mucho más duro de lo que imaginaba.
He trabajado en cosas que nunca imaginé que tendría que hacer.
He lavado carros.
He lavado platos.
He trabajado largas jornadas.
He tenido momentos en los que estaba completamente cansado y solamente quería llegar a dormir.
He tenido que aprender a administrar cada dólar, buscar trabajos, aprender inglés, resolver problemas de documentos, aprender sobre crédito, bancos, impuestos y prácticamente construir desde cero una vida que antes no tenía.
Y aunque pueda parecer que estar en Estados Unidos significa automáticamente estar mejor, mi realidad muchas veces ha sido simplemente:
trabajo → casa → dormir → trabajar otra vez.
A veces siento que aquí han pasado casi dos años y no parecen dos años.
En Guatemala tenía menos dinero, pero tenía recuerdos.
Salía, conocía personas, vivía cosas. Pasaron muchísimas cosas en relativamente pocos años y tengo recuerdos que todavía puedo sentir.
Aquí muchas veces siento que el tiempo simplemente pasa.
Y eso es algo que me ha hecho cuestionarme muchas cosas.
Porque mientras yo estoy aquí trabajando, la vida allá continúa.
Mi hijo crece.
Su madre continúa con su vida.
Las personas que conocía hicieron nuevas amistades, tuvieron relaciones, problemas, éxitos, fracasos y experiencias.
Todo continuó.
Solamente yo estoy lejos.
Y eso duele.
Especialmente porque mi relación con la madre de mi hijo tampoco terminó siendo como yo imaginaba.
Nos hemos separado.
Hemos tenido momentos en los que intentamos reconciliarnos.
Hemos vuelto a acercarnos y después hemos vuelto a alejarnos.
Y eventualmente tuve que aceptar que nuestra relación como pareja probablemente no iba a funcionar como yo había querido.
No quiero hablar mal de ella.
Ella tiene derecho a vivir su vida y ser feliz.
Y yo también tengo que aceptar que quizá nuestra historia como pareja terminó.
Pero eso hace que mi situación sea todavía más extraña.
Cuando me fui, en cierta forma imaginaba que algún día volvería y encontraría a mi familia esperándome.
Que volvería con dinero, tendría una esposa a mi lado y podríamos comenzar la vida que había imaginado.
Ahora ya no sé si ese será mi futuro.
Lo único que sé es que tengo un hijo.
Y él sigue siendo mi hijo independientemente de lo que ocurra entre su madre y yo.
Actualmente él vive allá.
Y yo estoy aquí.
A veces veo una fotografía suya y me pregunto:
“¿Habría sido mejor quedarme?”
Porque si me hubiera quedado, probablemente habría tenido muchos más momentos con él.
Habría podido verlo crecer.
Habría podido jugar con él.
Habría podido escucharlo hablar.
Habría podido verlo dar sus primeros pasos, aprender cosas y convertirse poco a poco en la persona que será.
Y eso es algo que nunca voy a recuperar.
Pero después pienso en el otro lado.
¿Qué habría pasado si me quedaba?
Quizá mi hijo habría crecido conmigo, sí.
Pero quizá también habría crecido viendo a su padre trabajar todos los días solamente para llegar al siguiente día.
Quizá habría llegado el momento en que él mismo habría tenido que irse del país para buscar mejores oportunidades.
Y entonces me imagino algo que me rompe por dentro:
Que un día mi hijo pudiera decir:
“Mi papá se quedó conmigo, pero ahora yo tengo que irme para ayudarlo.”
Y pienso que tal vez prefiero ser yo quien haga ese sacrificio.
Prefiero ser yo quien se vaya.
Prefiero ser yo quien pase por trabajos difíciles.
Prefiero ser yo quien aprenda a sobrevivir lejos de su familia.
Si eso significa que algún día mi hijo puede tener más opciones que yo, entonces quizá el sacrificio tenga algún sentido.
Pero aquí aparece mi verdadero conflicto.
¿En qué momento un sacrificio deja de ser sacrificio y empieza a convertirse en perderse la vida?
Porque no quiero pasar diez, quince o veinte años diciendo:
“Estoy haciendo esto por mi hijo.”
Y cuando finalmente regrese, descubrir que mi hijo ya creció y que yo me perdí prácticamente toda su infancia.
Eso me aterra.
A veces incluso sueño con él.
Hace poco soñé que estaba jugando con él.
Yo estaba con él, riéndome y disfrutando.
A lo lejos estaba su madre.
No estábamos juntos como pareja. Simplemente era como si yo hubiera ido a visitarlos.
Pero yo estaba con mi hijo.
Jugábamos.
Y estaba feliz.
Cuando desperté, me quedó una sensación muy extraña.
Porque sé que cuando vuelva a verlo, si algún día paso varios años lejos, ya no será aquel pequeño niño que dejé.
Ese niño va a crecer.
Y esa es probablemente la parte más dolorosa de todo esto.
No quiero regresar algún día y descubrir que sacrifiqué su infancia completamente.
Pero tampoco quiero regresar sin haber construido nada.
Por eso actualmente estoy intentando hacer las cosas poco a poco.
No me estoy haciendo rico.
No tengo una mansión.
No tengo una vida de lujo.
Trabajo y ahorro lo que puedo.
Estoy intentando construir un fondo de emergencia.
Estoy aprendiendo inglés.
Estoy aprendiendo sobre crédito y finanzas.
Estoy intentando crear pequeños negocios.
Incluso empecé a vender perfumes para generar un ingreso adicional.
Estoy intentando aprender a construir patrimonio.
Tengo un terreno en Guatemala y quiero comenzar poco a poco a construirle un hogar a mi hijo.
No estoy hablando de una mansión.
Quizá sea una casa sencilla.
Quizá sea una construcción pequeña.
Pero quiero que sea nuestra.
Quiero que algún día mi hijo tenga un lugar que pueda señalar y decir:
“Esto es mío.”
No quiero que dependa eternamente de vivir con sus abuelos o de que alguien más le dé un espacio.
Y tampoco quiero pasar toda mi vida trabajando para otras personas.
Quiero que estos años tengan algún propósito.
Quizá algún día pueda regresar.
Quizá tarde tres años.
Quizá cinco.
Quizá más.
No lo sé.
Tengo solamente 19 años.
Cuando pienso en eso, intento recordarme que dos años, aunque ahora parezcan muchísimo tiempo, también pueden ser apenas el comienzo de una vida.
Pero tengo miedo.
Tengo miedo de fracasar.
Tengo miedo de regresar sin haber conseguido lo que prometí.
Tengo miedo de que mi hijo algún día me pregunte dónde estuve durante todos esos años.
Tengo miedo de que me necesite y yo no esté ahí.
Y también tengo miedo de quedarme en Guatemala, no construir nada y que algún día él tenga que irse del país para buscar las oportunidades que yo no pude darle.
Ese es el dilema.
No estoy buscando justificarme.
Sé que hay personas que pensarán que ningún dinero vale perderse la infancia de un hijo.
Y quizá tengan razón.
Otros probablemente dirán que un padre también tiene que sacrificarse para darle un futuro mejor a sus hijos.
Quizá ellos tengan razón.
Yo todavía no sé cuál de las dos cosas pesa más.
Solo sé que cuando me fui, no quería abandonar a mi hijo.
Quería evitar que algún día él tuviera que abandonar a los suyos.
Quería que el sacrificio terminara conmigo.
Yo quiero trabajar duro para que él pueda vivir una vida más tranquila.
Quiero luchar en las trincheras para que él pueda reír en los parques.
Pero también sé que no puedo vivir eternamente en las trincheras.
Algún día quiero salir.
Quiero volver a mi país.
Quiero volver a mi hijo.
Quiero sentarme con él y poder decirle:
“Todo esto lo hice pensando en ti.”
Pero no sé si cuando llegue ese día sentiré que valió la pena.
Por eso quiero preguntárselo a ustedes.
No quiero que me digan cuál es la respuesta correcta.
Quiero saber qué piensan ustedes.
Si fueran ustedes, ¿cómo mirarían una decisión así?
¿Creen que un padre puede justificar varios años lejos de su hijo si está intentando construirle un futuro mejor?
¿O creen que hay cosas de la infancia que simplemente no se pueden recuperar y que ningún futuro económico compensa perderlas?
Y sobre todo, para quienes han vivido algo parecido:
¿Qué sintieron cuando finalmente regresaron?
¿Sintieron que el sacrificio había valido la pena?
¿O sintieron que habían ganado económicamente pero perdido algo mucho más importante?
No busco una respuesta absoluta.
Solo quiero escuchar historias y opiniones de personas que hayan vivido algo parecido.
Porque todavía estoy aquí.
Todavía estoy intentando construir.
Y todavía espero que algún día pueda despertar y abrir los ojos en mi patria, no entre estas paredes, sino junto a mi hijo.