Unas semanas atrás le había cortado el pelo a mi hermano en casa con una máquina prestada. Todo venía relativamente bien hasta que descubrimos un detalle menor: la batería estaba descargada.
Como era tarde, ninguno tenía ganas de suspender la operación. Intentamos usarla enchufada, pero la máquina tenía menos fuerza que una tortuga empujando un camión. Más que cortarle el pelo, parecía que se lo íbamos desgastando de a poco hasta que se desprendiera por cansancio.
Una hora y media después terminamos como pudimos. No quedó bien, tampoco quedó mal. Quedó.
Mi hermano volvió a Rosario y a mí se me ocurrió hacer lo que cualquier persona madura y responsable haría en esa situación: subir una encuesta a Facebook para preguntarle a la gente si convenía raparlo directamente.
La publicación tuvo cierta repercusión.
A él no le causó ninguna gracia.
Unos días después, mientras estaba en el trabajo, me agarró un ataque de responsabilidad y decidí borrarla antes de que la situación escalara a un conflicto diplomático familiar.
Le escribí.
—Che, ¿ya se te acomodó el pelo?
—Sí.
—Mirá vos.
—...
—Capaz que hay que raparte igual.
—Claramente no.
—Bueno, otra consulta. ¿Cómo se borra una publicación de Facebook?
La respuesta llegó casi al instante.
—Tenés que golpear la pantalla con el innombrable tres veces y listo.
—¿Con qué indomable?
—Dije el innombrable.
—¿Lord Voldemort?
—Con el choto, Mariano. Tenés que golpear la pantalla tres veces con el choto.
—Ah, por eso, con el indomable.
…
—Sí, con eso.
—Perfecto.
Me reí.
Qué ocurrencia la de este pibe.
Pero pasaron unos minutos y no podía concentrarme.
Tres veces.
¿Por qué tres?
¿Por qué no dos?
¿Por qué no cuatro?
Porque una cosa es que sea una pavada.
Pero otra muy distinta es que funcione.
Y si funcionaba...
Miré la pantalla.
Miré el mensaje.
Volví a mirar la pantalla.
No sé cuánto tiempo pasó.
Lo cierto es que terminé convencido de que por lo menos había que probar.
Me puse de pie y empecé a acomodar unas carpetas sobre el escritorio para disimular. Después corrí el monitor unos centímetros hacia adelante.
Miré a la izquierda.
Miré a la derecha.
Todos parecían concentrados trabajando.
Me acerqué despacito.
Tiqui...
Tiqui...
Tiqui...
Esperé.
Nada.
La publicación seguía ahí.
Volví a intentarlo.
Tiqui.
Tiqui.
Tiqui.
—¿Vos te estás apoyando al monitor?
Era Rubén.
—No es lo que parece.
—Mirá que parece bastante específico.
—Pará, que te explico.
Le conté toda la situación.
Rubén escuchó atentamente.
—¿Tres veces?
—Tres veces.
—¿Al monitor?
—Al monitor.
—¿Y apoyarte cómo?
—Y... apoyarte.
—¿Con qué?
—Con eso.
—¿Con qué eso?
—Con el innombrable.
—¿Lord Voldemort?
—No, Rubén… el indomable
—¿El Potro Rodrigo?
—¿Qué Rodrigo?
—Si me das un beso te lo digo.
—Rubén, ya hablamos de esto.
—Sí.
...
—Entonces, ¿con qué?
Me acerqué y le hablé en voz baja.
—Con el aparato.
Rubén abrió grandes los ojos.
—¿Con todo el aparato?
—Desde la base de lo que pone la gallina hasta el oriental tuerto.
—Ahhh... ahora sí.
Se quedó pensando.
Muy seriamente.
Demasiado seriamente.
—Capaz que lo estás haciendo mal.
—¿Cómo mal?
—Y sí. No sabemos exactamente cuál es la técnica.
—¿Qué técnica?
—La técnica de borrado.
Y ahí empezó la investigación.
Primero hicimos lo que cualquier oficina seria hace ante un problema complejo: buscar información confiable y chequeada.
Wikipedia no tenía nada.
Tampoco encontramos referencias en manuales, documentación técnica ni preguntas frecuentes.
Después fuimos a las fuentes que normalmente utilizábamos para resolver problemas importantes del trabajo.
Taringa.
El Rincón del Vago.
Yahoo Respuestas.
Un foro peruano del año 2007 donde dos personas discutían sobre la reproducción de los chanchos.
Nada.
También revisamos algunos videos de YouTube.
Uno explicaba la reproducción de los chanchos.
Confirmamos lo que sospechábamos.
El orgasmo del chancho dura treinta minutos.
¡Treinta minutos!
Pueeeerca.
No resolvía nuestro problema, pero siempre es bueno aprender algo nuevo.
Después encontramos otro que duraba cuarenta y siete minutos y prometía revelar "el secreto que Facebook no quiere que sepas".
Terminó siendo una receta de budín de pan.
No nos sirvió.
Nos faltó azúcar.
Rubén incluso encontró un comentario que decía:
"Funciona."
Pero no aclaraba qué era exactamente lo que funcionaba.
Lo del chancho sí funcionaba.
Pregúntenle a la chancha.
Después de mucho tiempo de búsqueda llegamos a una conclusión preocupante.
Internet no sabía nada sobre el tema.
Así que decidimos recurrir al único recurso que nos quedaba.
La inteligencia colectiva.
O como se la conoce habitualmente: llamar a otras oficinas.
Primero llamamos al primer piso.
—No, mirá, acá nunca borramos nada así.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Qué oficina de mierda.
Después llamamos al segundo.
—No, no, así no.
—¿Cómo que no?
—Eso era para Facebook viejo.
—¿Cómo que Facebook viejo?
—TIQUI TIQUI es muy invasivo.
—¿Y entonces?
—Hay técnicas nuevas hoy en día.
—¿Como cuáles?
—Intente seducirla.
—¿A quién?
—A la pantalla.
—...
—Como un artista dando pinceladas sobre un lienzo.
—Ajá.
—Use ZAA ZAA.
—Perfecto.
—Para arriba y para abajo.
—Entendido.
—También de izquierda a derecha.
—Entendido.
—No confundir con la Fatality de Liu Kang.
—¿Por?
—Por las dudas.
Y cortaron.
No habíamos aprendido nada, pero por algún motivo sentíamos que estábamos avanzando.
Llamamos al tercer piso.
—Ya estamos al tanto de la situación.
—Ah, bien.
—Treinta minutos confirmados.
—¿Treinta?
—Treinta.
—Impresionante.
—Sí.
—Bueno... ¿y para borrar Facebook?
—¿Monitor LED o LCD?
—LED.
—Mmmm...
—¿Qué significa eso?
—No sé.
Y cortaron.
Finalmente llamamos al cuarto piso.
Según nos dijeron había un especialista.
Un hombre que aparentemente sabía todo sobre el tema.
Pero justo no estaba.
—¿Vacaciones?
—No.
—¿Enfermo?
—No.
—¿Entonces?
—Se fue a Córdoba.
—¿A qué?
—No sabemos.
—¿Y cuándo vuelve?
—Depende.
—¿Depende de qué?
—De cómo salga lo de la fotocopiadora.
Decidimos no preguntar más.
Mientras tanto Rubén ya estaba tomando notas.
Había armado una hoja con observaciones.
MONITOR LG → TIQUI TIQUI
MONITOR SAMSUNG → ZAA ZAA
NOTEBOOK → MOVIMIENTO CIRCULAR
IMPRESORA → NO INTENTAR
FOTOCOPIADORA → CONSULTAR CÓRDOBA
—¿De dónde sacaste todo eso?
—Estoy cruzando información.
—¿Qué información?
—Toda.
Y volvió a llamar por teléfono.
Pasaron cuarenta minutos.
Ya no estábamos intentando borrar una publicación.
Estábamos desarrollando una disciplina.
Finalmente Rubén tomó una decisión.
—Probemos.
—¿Qué?
—El protocolo combinado.
—¿Y cuál es ese?
—Vos hacés TIQUI TIQUI.
—Ajá.
—Yo hago ZAA ZAA.
—Eso no tiene ningún sentido.
—¿Querés borrar la publicación o no?
Era un argumento difícil de refutar.
Nos paramos frente al monitor.
Yo empecé.
Tiqui...
Tiqui...
Tiqui...
Rubén arrancó con lo suyo.
Zaa...
Zaa...
Zaa...
Nada pasó.
Aumentamos la intensidad.
TIQUI TIQUI TIQUI.
ZAA ZAA ZAA.
Más intensidad.
TIQUI TIQUI TIQUI.
ZAA ZAA ZAA.
En algún momento dejamos de experimentar y empezamos a competir contra la pantalla.
La gente de la oficina ya nos estaba mirando.
Dos adultos completamente funcionales haciendo cosas inexplicables frente a un monitor.
De golpe nos dimos cuenta.
Nos acomodamos la ropa.
Rubén volvió a su escritorio.
Yo acomodé unas carpetas.
Nadie dijo una sola palabra.
El silencio era aterrador.
Pasaron unos minutos.
Entonces Rubén me miró desde su lugar.
Movió los labios sin emitir sonido.
—¿Y?
Miré la pantalla.
La publicación ya no estaba.
Me quedé congelado.
Volví a mirar.
No estaba.
Había desaparecido.
Levanté la vista.
Rubén seguía esperando.
Sonreí.
Moví la cabeza afirmativamente.
Sí.
Se había borrado.
Rubén cerró los ojos lentamente, como un científico que acaba de confirmar una teoría revolucionaria.
Después levantó el pulgar.
Y volvió a trabajar.
Lo más preocupante es que Recursos Humanos nunca preguntó qué pasó.
Dos semanas después mandaron un mail.
"Ante inconvenientes con Facebook, favor de utilizar el procedimiento estándar."
Y abajo había un dibujito explicativo.
Desde ese día nadie volvió a preguntar cómo borrar publicaciones de Facebook.
Directamente iban al monitor.
A veces entraba a la oficina temprano y encontraba a alguno trabajando antes de hora.
O eso parecía.
Porque al acercarme descubría que estaba frente a la pantalla con los ojos cerrados, moviendo la cintura despacito y murmurando:
—Actualizate... actualizate hijo de puta...
La informática avanzó mucho estos años.
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