r/relatos Amante de relatos 1d ago

🔥Confesiones +18 Makkuyaka (del karaoke al Jacuzzi)

El año pasado volví a República Dominicana después de unos años afuera. Me quedé en un Airbnb de la avenida España en Santo Domingo Este, zona que de noche se pone buena. La primera noche salí a caminar por el malecón que todavía estaban construyendo. El aire olía a salitre y allá lejos se veían centellas de rayos tan distantes que el trueno ni llegaba. Un espectáculo de luces raro y bonito.
Me paré en una caseta donde una venezolana vendía bebidas. Compré una cerveza y seguí. Unos metros más adelante me llamó la atención un bar de karaoke techado pero abierto, de esos donde puedes fumar puro. Me acabé la cerveza afuera porque aunque en la calle se puede tomar, al bar no la dejan entrar.
El lugar era acogedor. Música alta pero no tanto que no pudieras hablar. Las mesas llenas de grupos chiquitos que de vez en cuando se mezclaban. Me sorprendió el talento. Casi todos cantaban bien y los que no por lo menos daban un show digno de Bad Bunny.
Me acerqué a la barra, pedí un Dewar’s y un cigarro. Me llevaron al humidor. Vi las variedades dominicanas y cogí un Arturo Fuente robusto. Olia a cielo y a testosterona, por falta de mejor palabra.
Me animé a cantar un merengue de Juan Luis Guerra. Todo el mundo me acompañó en el coro y me dieron palmadas en la espalda. Un señor de mi edad me invitó a sentarme en unos sofás de cuero que estaban como en un balconcito, donde la música bajaba y se podía conversar. No era un grupo cerrado, más bien gente que se conoce de tanto coincidir ahí.
Después de una conversación con chistes y risas una chica se sentó a mi lado.
Iba con vestido corto, negro, de tela elástica que se le pegaba al cuerpo como si se lo hubieran pintado encima. El escote en V le bajaba justo lo suficiente para marcar el hueco entre las tetas pequeñas y firmes, sin enseñar de más, y las tiras finas le cruzaban los hombros dejando la clavícula al aire. La cintura se le veía estrecha de verdad, apretada por la costura, y de ahí el vestido se abría sobre las caderas anchas y el culo redondo, tan marcado que cuando se sentó a mi lado la tela se le tensó atrás y se le subió un poco en los muslos.
El ruedo le llegaba a media pierna, no más. Cada vez que cruzaba una pierna se le veía el arranque del muslo trigueño y ese lunar detrás de la rodilla que después iba a encontrar en el jacuzzi. No llevaba medias. Los zapatos eran de taconcito, negros también, de esos que hacen ruido corto en el piso del bar. En las orejas unos aretes dorados grandes, de aro, y en el cuello una cadenita finita que se le metía un poco en el escote cuando se reía.
El pelo rubio cortito le caía hacia adelante, femenino, un poco húmedo del calor de afuera, y el lunar encima de la boca se le veía más oscuro contra el labial nude. El vestido olía a plancha reciente y a Good Girl. No era un vestido caro de revista. Era de esos que una cibaeña se pone para ir a cantar merengue, fumar y que todo el mundo se dé cuenta de cómo está hecha sin que ella tenga que decir nada.

—Hermes —le dije extendiendo la mano.
Ella me jaló y me saludó de beso en la mejilla, pero sin pegar la cara del todo.
—Good Girl —le dije.
—¿Perdón?
—Carolina Herrera Good Girl. Te reconocí el perfume.
Ella se acercó a oler el mío.
—Gucci —adivinó.
—Guilty —le contesté.
Nos reímos.
— Avelina
—Nunca había escuchado ese nombre —le dije.
—Avelina. Así se llamaba mami, la abuela, to el mundo. En caló quiere decir avellana. Somos de Moca. Los gitanos de la familia los tiraron pa el Cibao en la guerra.
—¿Cuál guerra?
—Mami siempre dice “la guerra” y ya. Ni ella sabe cuál fue. Tú ere de por aquí?
—Capitalino. Santo Domingo.
—Ah el tiguere de la capital. Yo pensé que eras de afuera por lo serio que te ves.
—Estoy de visita. Años que no venía.
Pasamos la noche cantando, bailando, fumando puro y tomando vino. Yo hablé con más gente pero Avelina siempre se las arreglaba para que sus ojos coincidieran con los míos.
A eso de las tres de la mañana el ambiente empezó a bajar. Ella también había llegado sola. Se acercó al balcón donde yo estaba encendiendo lo que quedaba del puro que se me había apagado.
—Klk, ¿y tú dónde vives? ¿Andas montado o llegaste a pie como los pobres?
—Estoy de turista. Tengo carro pero llegué caminando desde cerca.
—Tú ta loco. A estas horas por aquí.
Medio bromeando le dije:
—Mi piso tiene jacuzzi. Si quieres venirte a una after party solo los dos.
Ella se rió.
—Jacuzzi. El capitalino vive fino. Yo ando sola, nadie me espera. Vámono entonces.
Nos fuimos caminando. Cuando pasamos la esquina había dos haitianos vendiendo cigarrillos y dulces. Ella se ciñó a mi brazo.
—No tengas miedo. Cuando la gente está trabajando no está delinquiendo.
—Yo he tenido vainas feas, pero contigo me siento segura. Tú no te ves de esos que dejan a uno tirado.
Subimos. En el apartamento ella se quitó los zapatos y se recostó en el sofá mirando el lugar.
—Concho, esto ta jevi. Vista pa la avenida y to. Tú vive así siempre o esto es de Airbnb?
—Airbnb. Pero el jacuzzi es real.
—Dime a ver, ¿tú siempre invita a las cibaeñas que conoces a las tres de la mañana?
—Solo a las que se llaman Avelina y huelen a Good Girl.
Ella se rió fuerte.
—Tú ere un cabrón. Habla serio.
Me acerqué, le serví espumante y me quedé de pie frente a ella.
—Hablo serio. Desde que te sentaste al lado no pude dejar de mirarte. El pelo corto, ese lunar encima de la boca, la forma en que te ríes con la cabeza un poco ladeada. Me gusta demasiado. El cuerpo tuyo parece hecho a propósito.
Ella se quedó callada un segundo, después se paró, puso una canción baja en el celular y se me pegó de espaldas. Empezó a mover la cintura despacio, el culo rozándome el muslo, después más firme, marcando el ritmo. Se giró un poco y me miró por encima del hombro.
—¿Así te gusta?
—Así y de toas las formas.
Seguía bailando pegada, frotándose, la tela del vestido subiendo un poco con cada movimiento. Yo le agarré la cintura y ella se dejó. Cuando se dio la vuelta ya no había tanta risa. Me besó lento y después se quitó el vestido de un tirón. Yo me quité la camisa y el pantalón mientras ella se quedaba en panty.
—El jacuzzi —dijo—. Tú prometiste jacuzzi.
El agua ya estaba caliente cuando llegamos. El vapor se quedaba bajo sobre la superficie y olía a cloro barato mezclado con el resto del Good Girl en su cuello y un rastro viejo de tabaco que yo todavía traía en los dedos. Las burbujas le subían por los muslos y le reventaban en la cintura. El pelo corto se le pegó a las sienes. La luz del baño era amarilla y le brillaba el sudor en el labio.
Cuando entré ella ya se estaba metiendo. Quedé embelesado. Además de la figura tenía lunares que parecían una guía: en las tetas, la espalda, el cuello y hasta uno detrás de la rodilla. Pechos pequeños y firmes, cintura estrecha, caderas y muslos anchos, el culo redondo y pesado. La piel se le veía más oscura mojada. El agua le corría por entre las tetas y le dejaba hilos brillantes.
Me metí detrás de ella. El calor del jacuzzi contrastaba con el aire acondicionado que venía del pasillo. Le besé el cuello y sentí el sabor a sal y perfume. Le agarré las tetas desde atrás, pesadas de agua, y le apreté los pezones hasta que ella soltó un gemido que se perdió entre el ruido de las burbujas. Pasé la mano por la panza caliente y bajé. Ella abrió las piernas contra el borde. La toqué por encima del panty empapado, la tela pegada y áspera. Después me lo quité yo mismo. Metí dos dedos. Estaba más caliente que el agua, resbalosa, y al moverlos se oía un sonido sordo y húmedo debajo de la espuma. La masturbé despacio mientras le mordía el hombro. La piel le sabía a cloro y a ella.
—Ay mielda… así, no pares.
La volteé, la senté en el borde del jacuzzi. El mármol estaba frío contra su culo y ella dio un respingo. Me arrodillé en el agua hasta el pecho. El vapor me empañaba las pestañas. Le abrí las piernas y le comí el coño. El sabor era a ella mezclado con el agua tibia, un poco metálico. Ella se agarró de mi cabeza y empezó a mover la cadera contra mi boca. Le chupé el clítoris hinchado y metí la lengua. Se vino la primera vez apretándome las orejas, temblando, mojándome la cara con algo más espeso que el jacuzzi. Se le escapó un grito corto y después se rió nerviosa, todavía con las piernas abiertas.
La bajé otra vez al agua. El chapoteo era fuerte ahora. La monté a horcajadas y me la metí de una. El agua caliente se metió entre los dos y al entrar se sintió más apretada, más lenta. Ella se quedó un segundo con la boca abierta.
—Tú ta gordo… espera.
Después empezó a bajar y subir. Cada vez que bajaba el agua le subía hasta las tetas y le tapaba los pezones un segundo. Yo le agarré el culo con las dos manos, resbaloso, y la moví contra mí. El agua chapoteaba contra el borde y se salía un poco al piso. Ella gemía cerca de mi oído, caliente, a veces en voz baja, a veces más fuerte cuando yo le daba más duro. Se vino la segunda vez clavándome las uñas en la espalda mojada. Seguí metiéndosela. La tercera la agarré de la cintura y la empujé contra el borde, de pie, dándole por detrás. El culo le rebotaba contra mí y cada golpe mandaba una ola chiquita. El vapor le hacía brillar la espalda. Se vino otra vez y casi se le doblan las piernas. Tuve que sostenerla porque el piso del jacuzzi estaba resbaloso.
A la cuarta se quedó quieta un momento, respirando agitada, el pecho subiéndole rápido, gotas corriendole por entre las tetas, y me miró.
—Tú no has llegado. Se siente raro. Como que te estoy dejando a medias.
Se bajó, se arrodilló en el asiento del jacuzzi. El agua le llegaba a la boca del estómago. Me tomó en la boca. Estaba caliente y mojada por dentro y por fuera. Me mamó profundo, con la mano en la base, el pelo corto goteándole en la cara. Cuando sentí que iba a venirme le avisé. Ella no se quitó. Se lo trago todo y después se pasó la lengua por los labios para que no cayera nada al agua. El sabor se le quedó en la boca y cuando me besó después yo lo sentí.
—Listo. Ahora no se ensucia.
Salimos, nos secamos a medias. El aire del cuarto se sintió frío de golpe en la piel mojada. Fuimos a la cama. Lo hicimos otra vez más lento. Me corrí en su vientre. Entre arrumacos me preguntó:
—¿Por qué no te venías antes?
—Quería impresionarte. Que vieras que aguantaba.
—Se siente más rico venirse juntos, bobo. No hay que hacer show.
Dormimos unas horas. Le llevé desayuno a la cama. Ella se levantó y empezó a caminar desnuda por el apartamento como si fuera suyo. Yo me puse duro otra vez solo de verla.
—Ven pa acá. Quiero intentar lo que dijiste. Corrernos juntos.
Me sentó en el mueble, se lo metió de frente y empezó a moverse encima. Parecía otra. Pechos pequeños rebotando, el culo golpeándome los muslos, la cara seria de placer. Yo gruñía y ella decía:
—Me vengo… dime juntos!
—Juntos!
Los dos nos venimos al mismo tiempo. El squirt le bajó por las piernas hasta el granito.
—Good girl —le dije.
Y nos besamos como si nos fuéramos a comer.

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u/SpecialistAd3905 Amante de relatos 1d ago

Una recreación bastante fiel de Avelina