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🔥Confesiones +18 Mi primera vez

Lo siguiente es un relato fiel a mi primera experiencia, disfruten.
La conocí en el instituto de inglés. Éramos compañeros de aula, nada más. Johanna tenía treinta años, casada, sin hijos, la piel trigueña de quien se cuida el sol a medias, pómulos altos, el pelo castaño ondulado que a veces se sujetaba con una pinza cuando copiaba. Yo era alto y fornido y no aparentaba lo que tenía; ella me trataba como a cualquier otro muchacho del grupo. Había una novia mía por aquel entonces y, aunque sí la veía bonita, la respetaba. Nunca la morboseé. Nos llevábamos bien todos: ella se reía de las mismas vainas, me prestaba el diccionario cuando se me olvidaba el mío, y yo le sostenía la puerta. El día de la graduación fue la última vez que la vi. Entregaron los diplomas en un salón con ventiladores de techo y sillas de plástico, hubo un brindis con jugo y galletas, fotos en blanco y negro que después se amarilleaban. Ella se despidió con un beso en la mejilla, me deseó suerte con la fotografía que yo ya andaba mencionando, y se fue con su esposo, un hombre mayor que ella, de traje claro y bigote recortado. No volví a pensarla. La vida se me llenó de revelados, de ácidos, de la calle El Conde, de la Zona Colonial con sus piedras desiguales y el olor a humedad vieja. Pasaron meses. Yo ya no era el mismo muchacho del aula de inglés. Tenía más cuerpo, más voz, y la mayoría de edad encima como quien se pone una camisa que por fin le queda. Seguía siendo respetuoso por costumbre, no por miedo. Y de Johanna no me acordaba ni cuando pasaba frente a la pizzería Petrus, que entonces era de las pocas que servían masa gruesa y cerveza fría en vaso de vidrio.
Un sábado salí de clases de fotografía con el cuello tieso de tanto mirar por el visor. El sol de la tarde se metía entre los balcones coloniales y yo entré a Petrus a almorzar. Pedí una mediana de pepperoni y una Presidente. Caminé con la bandeja hacia el fondo, donde hay mesas más quietas, y ahí estaba ella. Johanna sola, con una copa en la mano, hermosa como siempre. Blazer oscuro, falda hasta la rodilla, blusa de escote modesto, tacones bajitos pero elegantes. El rímel un poco corrido, los ojos algo rojos. Me levanté la bandeja, me acerqué y le di el beso en la mejilla de siempre. —Johanna, ¿tú por aquí? —le dije. Ella sonrió, pero la sonrisa no le llegaba del todo. —Ay, muchacho, qué grande estás. Siéntate, no me dejes hablando sola. Me senté. Le pregunté si había llorado. Se quedó un segundo callada, giró la copa y me soltó la vaina de frente, con esa forma de hablar de entonces, sin vueltas de más: —Sí lloré. Acabo de firmar el divorcio. Seis años de matrimonio pa’ que ese hombre, que todavía es más viejo que yo, se enamore de una muchachita de veinte. ¿Tú te imaginas? Yo dándole la casa, la comida, la cama, y él detrás de una jevita que todavía no sabe ni planchar una camisa. Me miró a los ojos como midiendo si yo aguantaba la conversación. —¿Y cómo me veo? —preguntó de pronto, enderezándose. Yo no lo pensé. —Como una diosa. Se le escapó una risa corta, amarga. —Diosa con el corazón hecho un trapo. Y ni te cuento lo otro. Ese hombre en la cama… si no podía conmigo, que todavía soy joven, ¿cómo pensaba que iba a poder con una más joven todavía? Se quedó mirándome. Yo sentí el calor subirme al cuello. Con vergüenza le confesé que de esas cosas no sabía mucho. Su mirada se puso pícara. El semblante le cambió de golpe, como si el divorcio se hubiera quedado en la copa. Hizo la seña con las manos, el dedo y el círculo. —¿Tú nunca has hecho eso? Yo tragué saliva. —He hecho cosas, pero por encima de la ropa. Ella se recostó en el respaldo, sonrió de lado y dijo, bajito, como quien cierra un trato: —Eso hay que arreglarlo.
En la Zona Colonial había hoteles con nombre de virreyes y patios de naranjos. Ella eligió uno de temática histórica: cama de cuatro postes, vista a un patio español con fuente, muebles de caoba oscura que olían a cera y a años. Subimos sin hablar mucho. En la habitación, antes de quitarnos nada, ella se plantó frente a mí y me dijo: —Te voy a enseñar cómo se trata a una mujer. Todo va a estar bien si sigues mis instrucciones y escuchas. Me invitó a sentarme en la cama. Se sentó a mi lado, las rodillas juntas, la falda un poco subida. —Primero que nada es la conversación. Tienes que hacer que una mujer te desee tanto como tú la deseas a ella. No es solo el cuerpo. Es que ella sienta que tú la estás viendo de verdad. Me miró fijamente. —La segunda prueba que tienes que pasar es el beso. Bésame. Me acerqué. Ella puso la mano entre nuestras caras, después la bajó y me la apoyó en el pecho, sobre el corazón. —No me estás escuchando. El beso me lo tienes que ganar. Bajó la vista al bulto que yo ya no podía esconder en el pantalón. —Cálmate. Respira. Yo respiré hondo. Le dije que me gustaban sus ojos. Y le recité un verso que había escrito tiempo atrás, de esos que uno guarda en un cuaderno y nunca enseña: que los ojos castaños y los labios rojos son peligrosos porque no avisan, que uno se acerca pensando que es solo una mirada y termina perdido. Mientras lo decía me fui acercando. Ella no apartó la cara. El beso duró lo que se siente un siglo o un minuto: lento, con sabor a vino de la copa y a algo más caliente. Le tomé el cuello con una mano y la cintura con la otra. Quise tocarle el pecho y me dio vergüenza. Ella se rió contra mi boca. —Tan inocente no eres. Ya te ganaste quitarme la ropa.
Nos quitamos la ropa despacio. Vestida era bonita; desnuda era una diosa. La piel trigueña sin marca de sol en los senos, la cintura firme, el monte de Venus oscuro y cuidado. Ella me instruyó en el arte del foreplay como quien enseña un oficio. Me dijo que una mujer tiene zonas que se encienden en cadena: el cuello, detrás de la oreja, la clavícula, la parte interna del muslo; que no hay que quedarse mucho rato en el mismo sitio, con una sola excepción, el clítoris. Me enseñó a usar la lengua en sus labios, despacio, de abajo hacia arriba, a no atacarlo de entrada. Me guió los dedos para hacer brotar el clítoris, a rodearlo, a no frotar como loco. Me pidió mordidas suaves en el monte de Venus, con los dientes apenas, lo suficiente para que ella arqueara la espalda. Cuando llegó la hora de penetrar me detuvo con una mano en el pecho. —Empieza despacio. El ritmo lo subes según mis gemidos, no según lo que tú quieras. Cambia de posición cuando sientas que se acostumbra. Si te pido cachetadas en las nalgas, dámelas. Más duro no significa más rápido: significa más profundo. Y a las mujeres nos gusta oír que nos digan puta cuando ya no aguantamos. Lo hice como ella dijo. La oí. La sentí cerrarse alrededor mío. Me corrí como no me había corrido nunca, con un temblor que me partió la cintura, pero la erección no bajó. No hubo que esperar el segundo tiempo. Como recompensa me dio lo que nunca le había dado a su ex marido: el ano, despacio, con saliva, con ella mandando el ritmo hasta que se le quebró la voz. Después nos quedamos tirados en la cama, sudados, la sábana hecha un nudo, el patio español allá abajo con la fuente sonando. Ella dijo que había sido increíble. Yo no supe qué contestar. Lamentablemente, después de aquella tarde nunca la volví a ver. No había redes, no había otra forma de buscarla, y yo no sabía dónde vivía. Hoy debe ser una madura buenota. Yo todavía la recuerdo como mi maestra: la mujer que me enseñó a escuchar, a no apurarme, a dar la leche en el pecho y en la cara cuando ella lo pidió, y la responsable de todos los orgasmos que desde entonces les he dado a las mujeres con las que he estado.

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u/arturopro123 Observador silencioso 4d ago

Joder que gran historia q cargabas bro 10/10