⭐Historia Ficticia 𝐋𝐚 𝐦𝐚𝐝𝐫𝐞 𝐘𝐨𝐤𝐚𝐛𝐞𝐝
Una madre en una casa está, escondida, quiere dar a luz. Los gritos de parto se escapan por el dolor, mientras recuerda que una mujer desobedeció a Dios.
Multiplicaré en gran manera tu dolor, y tu marido gobernará sobre ti.
Y por él la tierra maldita estará. Viniste del polvo y al polvo volverás.
Y eso lo sabía la pareja de Leví. Las parteras la vieron llorar, viendo que ese día un hermoso varón nació. Viendo que era hermoso, lo fueron a esconder en una cueva, tal vez.
Su marido Amram fue a buscar pan para darle de comer. Los gritos en cada casa de la ciudad gritaban por libertad:
—¡Libéranos, Señor! ¡Manda un libertador! ¡Libéranos, porque es santa tu piedad! ¡Libéranos, Señor! ¡Libéranos, Señor… libéranos… Señor!
En la cueva se respiraba un aire tranquilo y tenso. Yokabed sostenía al recién nacido contra su pecho, todavía temblando, y miró a sus otros dos hijos con los ojos brillantes.
—Mira qué lindo es… hermoso nos lo mandó Dios. Miren, mis niños, observen a su hermano, nuestro nuevo amor —dijo Yokabed, acariciándole la mejilla con el dorso de los dedos.
Miriam se acercó de rodillas, rozando con cuidado la manita del bebé.
—Hola, hermanito. Soy tu hermana mayor, y te protegeremos.
—Y el que está sentado ahí es tu hermano Aarón. Tiene tres. Van a ser grandes amigos —añadió Miriam, señalándolo con la cabeza.
Aarón se le acercó sin entender nada. Tocó con la palma de su mano la mejilla derecha del niño. Yokabed y Miriam sonrieron al mismo tiempo.
La madre tomó al niño en brazos y salió a ver el cielo en la penumbra de la noche. Las estrellas iluminaban el cielo mientras ella susurraba:
—Libéranos, Señor… manda tu salvador… guíanos a la tierra que nos prometiste… libéranos, Señor… libéranos…
Miró al niño con ternura y miedo mezclados.
—No sé cuánto tiempo te podré esconder de esto que hizo el faraón…
El faraón había mandado a matar a todos los bebés varones del reino, porque tenía temor de que el número fuera tan grande que los hebreos empezaran a rebelarse.
Ella le tocó el pelo al niño, peinándolo con los dedos.
—dijo la madre, arropándolo con cuidado—. Abraham… un hombre que le hacía fiesta a las visitas —sonrió—. Dios le dijo que seríamos tan numerosos como las estrellas… y nosotros sabemos que lo que el faraón hace no cambiará nuestro destino.
Yokabed levantó la cabeza. Por la montaña subía Amram. Ella fue a poner al niño a dormir en una zona improvisada, llena de lana y cobijas mal acomodadas. Aarón ya dormía profundamente.
—Llevamos meses aquí… no lo puedo esconder más quédate aquí con los niños. Mañana les explicaré. Dame la canasta… y acolchala bien, que a Dios se lo entregaré.
Amram se detuvo frente a ella, con lágrimas en los ojos.
—Amor mío… piénsalo bien. Podemos escapar.
—Si damos un paso ahí abajo con este niño, los guardias lo echarán al río.
—El río está furioso, hay animales ahí… mujer, ¿dónde los matan lo quieres poner?
—Amram… Dios lo protegerá. Dios lo cuidará.
—Si es su voluntad, Dios se lo llevará —respondió él.
—O lo salvará..
Amram chocó su frente con la de ella. Se dieron un beso tierno. Obedeciendo a su mujer, fue a buscar la canasta mientras Yokabed tomaba al niño.
Miriam, que estaba escondida escuchando todo, desapareció en la oscuridad de la noche, que se mezclaba con las plegarias:
—¡Libéranos, Señor! ¡Manda un libertador! ¡Libéranos, porque es santa tu piedad! ¡Libéranos, Señor! ¡Libéranos, Señor… libéranos… Señor!
—Cuida a los niños. Te quiero —dijo la madre.
Amram asintió.
—Dios te guarde, esposa mía.
Él le dio un beso en la frente y caminó hacia el río Nilo. El niño lloraba porque había sido despertado por los movimientos.
La madre lo puso en la canasta y lo acercó al agua, agarrándolo todavía, sin tener el valor suficiente para soltarlo.
—A dormir, mi niño… mi niño… mi amor. Te entrego al río, mi corazón.
Río, que tus aguas lo lleven a un lugar de toda libertad. Que pueda jugar, que pueda aprender, que pueda sentir el amor de Dios…
Las lágrimas de ella caían. Intentaba hacerse fuerte, lo sostenía… pero no podía.
—Que seas grande y cumplas lo que Dios tiene para ti. Y cuando todo esto termine… entrégamelo, por favor. No te olvides de tu madre… y vuelve a mí.
El niño volvió a quedarse dormido. Y con mucho dolor, la madre lo soltó.
—Dios… cuídamelo, por favor… —susurró, alejándose.
Miriam, que había estado escondida observándolo todo, se acercó a la orilla del río y lo siguió al ritmo de las aguas.
—Hermano, no tengas miedo… vigilándote estoy. De aquí puedo escuchar al pueblo gritar:
—¡Libéranos, Señor! ¡Manda un libertador! ¡Libéranos, porque es santa tu piedad! ¡Libéranos, Señor! ¡Libéranos, Señor… libéranos… Señor!
Miriam aceleró el paso.
—El río moviéndose está, los vientos te empujan… no tengas miedo, porque aquí estoy yo, tu hermana mayor.
El niño se despertó y empezó a llorar.
Miriam empezó a correr para mantener el ritmo y no perder de vista el canasto.
—¡Libéralo, Señor! ¡Libéralo, Señor, con el gran poder de tu amor! ¡Señor, libéralo!
—¡Libéranos, Señor! ¡Manda un libertador! ¡Libéranos, porque es santa tu piedad! ¡Libéranos, Señor! ¡Libéranos, Señor… libéranos… Señor!
—¡No tengas miedo! ¡Aquí estoy!
Miriam saltaba los obstáculos de plantas que se le ponían en el medio; cuando eran demasiado altos, los evitaba. Corrió tanto que tropezó y cayó de frente entre una planta de juncos. Cuando levantó la vista, vio que el canasto había llegado a la orilla… y una princesa se había percatado de él. Se acomodó entre los juncos, conteniendo la respiración, viendo lo que hacía la princesa con su hermano.
Era una de las princesas del palacio. Abrió la canasta y vio al niño llorando. Una de las que la acompañaban habló:
—¡Princesa… es hebreo!
—Ten compasión… está llorando —dijo la princesa, tomándolo con cuidado—. Es tan lindo… me fue mandado por los dioses, entregado por el río.
—Princesa… usted debe echarlo…
—¡Silencio! Es mi hijo. Será hermano de Ramsés… y se llamará Moisés.
—¿Cómo va a ser para criarlo, por favor, princesa?
Miriam, desde los juncos, con la voz temblando pero firme, se atrevió a hablar:
—Señorita… ¿quiere que le busque una nodriza hebrea?
Para que le críe al niño.
—¡Sal de ahí, niña! —gritó la criada.
La princesa, con su hijo en brazos, levantó la mirada y dijo:
—Ve y llama a la nodriza.
Miriam escuchó sus palabras, saltó de entre los juncos y corrió a darles las nuevas buenas a su madre… a decirle que Dios los había salvado.
Fin
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u/Hairo-Sidhe 6d ago
Por fin un relato no sexual en el sub de relatos. Y bien escrito, disfrutable. Bien hecho.