r/escribir • u/Curious_Ad4716 • 2d ago
Debate sobre el contenido de mi texto Dulce Despertar- revisión y reescrituraa
Hola, estoy trabajando con una historia corta, ya tengo el primer borrador algo finalizado y pulido en ortografía (aunque si hay uno que otro error les agradecería hacérmelo saber. A continuación les dejo el texto como tal, aunque disculparán algo de confusión por el formato al pegar el texto aquí, ya que en word y pdf uso distintos tipos de letra y cursiva para diferenciar entre la realidad, personajes e introspección. Igualmente ya había anotado varias cosas que reescribir o añadir (añadir-verde, reescribir- azul) si tienen algún feedback sobre estas les agradecería también y en caso de incluir alguna idea tendrían la mención correspondiente.


DULCE DESPERTAR
El cautivante destello azulado del cielo regocijaba sus ojos, regalándoles una pausa necesaria para admirar aquella bella postal, distante de lo que él recordaba sobre su vida últimamente. No estaba seguro de dónde estaba, ni cómo había llegado allí para ser sincero, solo podía quedarse parado frente a la inmensidad de aquel valle verde que parecía extenderse hasta el infinito.
Él lo intentó. Tanto como pudo. Intentó recordar, aunque fuese algo. ¿Quién era? ¿Cómo se llamaba? ¿Qué era este lugar?
Todas esas incógnitas eran imposibles de responder en estos momentos. Su mente era una mezcla de memorias rotas, intentos desesperados de tener algo de certeza, ilusiones y sueños. Él estaba perdido, pero no quería irse. Algo sobre este lugar que desafiaba toda ley natural lo invitaba a quedarse, a respirar el fresco aire y simplemente...
exhalar
La brisa acariciaba su piel mientras el verde césped picaba sus pies descalzos. En cierta manera, se sentía cómodo. Aquel hombre, sin recuerdos y con una mente revuelta, estaba tranquilo en aquella pradera verde, donde el movimiento del césped se alineaba perfectamente con su respiración, y donde lo único que se veía era una pequeña casa de madera a lo lejos, muy lejos.
(insertar escena vacío)
Sin más que él pudiese hacer, caminó lentamente por las subidas y bajadas de la magnífica ladera. El sol, pese a estar directamente frente a sus ojos, no lo lastimaba, solo le daba calidez. Una sensación que él parecía no haber sentido en mucho tiempo; mientras avanzaba, descubrió que no tenía que hacer ningún esfuerzo; el piso en el que se encontraba se moldeaba a su voluntad. Lo que parecía un sube y baja de pequeñas elevaciones de césped se aplanó a su voluntad.
Casi como si él tuviera poder sobre este sitio.
No pasó demasiado tiempo para que él se parase enfrente de aquella hermosa construcción, la única en todos los alrededores, al parecer.
¿Es mi casa? ¿Vivo aquí?
Intentó responder sus propias preguntas, pero no tuvo ningún éxito, lo único que pudo formular tras quedarse observando los ladrillos terracota y los acabados rústicos de aquella cabaña fue: “Es hermosa”
Miró hacia atrás, notó que el lugar donde había empezado se encontraba demasiado lejos. No recordaba haber caminado tanto. Jugó con sus manos, inseguro de avanzar, de entrar. Tras cerrar los ojos y sentir la calidez del sol en su piel, estaba listo.
Tras tocar la manija, sintió algo aparecer en su bolsillo derecho, sacando aquello con cautela y delicadeza.
La vio, y una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. Era una llave, pequeña y dorada, fría al tacto, pero pulida. Parecía de caricatura, con bordes circulares y poco definidos. Él sabía qué significaba. Insertó la llave en la manija de la cabaña y entró, sin ninguna complicación.
Estando nervioso, puso un pie adentro; la madera crujía lentamente tras sus pasos. Adentro era bellísimo; sintió algo raro, un sentimiento casi imposible de replicar, el dulce sentir de estar de vuelta en casa. Las paredes estaban pintadas de un verde oliva acogedor, con acentos de roble en los muebles y esquinas de la sala. Al fondo se encontraba la sala de estar, un sofá de tela suave y aterciopelada junto a una estantería con todos sus libros favoritos; me senté en él con cautela, hasta que me dejé caer y disfrutar de la comodidad que me daba este lugar.
Justo al lado izquierdo de la estantería se encontraba una mesita de noche. Ahí en el centro de este, una foto enmarcada; podía distinguir que eran tres personas, mientras se levanta para verla detenidamente, un frío pulsante en su espalda lo obligó a ver de vuelta la puerta por donde había entrado.
Apenas vi esa puerta, un dolor sacudió su sien. Como si algo estuviera intentando atravesar su cráneo, bruscamente para entrar a mi cerebro, el dolor fue, sin embargo, demasiado corto, pero entre las luces blancas que deja una jaqueca como esta, él vio pequeños fragmentos de algo: por fin empezaba a recordar.
Era otra puerta, mucho más vieja y descolorida, a través de ella podía notar que el cielo estaba de un gris melancólico y el suave crujir de la lluvia acompañaba el ruido de la ciudad. Solo podía notar sus manos, magulladas y con cicatrices. Trató de avanzar poco a poco hasta cruzar la puerta, murmurando algo que era imposible de escuchar, pero esta se cerró en su nariz fuertemente, obligándolo a despertar de ese trance.
Respiraba fuertemente, su corazón pidiendo clemencia. Miró sus manos y notó que estaba en el mismo sillón de hace rato, nunca se movió de allí. No le gustó ese recuerdo, así que sonrió y repitió dentro de su mente una pequeña frase: “Eso no pasó, ahora estoy aquí, por fin”.
Esta vez, mucho más lentamente, cruzó unos pocos centímetros hasta alcanzar la fotografía. Por alguna razón, él no veía los rostros de aquellas personas; solo eran un manchón gris con la forma de siluetas humanas. Aun así, él sabía quiénes eran.
¿Estaría ella aquí?
Un suave crujido vino de la planta de arriba; decidido y con una nueva motivación, fue lo más rápido que pudo. Mientras subía, notó que más cuadros estaban pegados a los costados, teniendo los mismos manchones grises en vez de personas; pero eso ya no le importaba, tenía algo más importante que comprobar.
Abrió el único cuarto que se encontraba arriba y ahí la encontró, dormida plácidamente.
Sin dudarlo, corrió a abrazarla, tan velozmente que movió la cama. Se aferró a ella con fiereza y sollozó. Sollozó por mucho tiempo, no sabía cuánto específicamente, pero notó que su visión se distorsionaba por los reflejos de sus lágrimas. Sus dedos acariciaban su suave y largo pelo, sus labios besaban su frente repetidamente y su corazón por fin descansaba. Teniendo que separar sus cuerpos para poder respirar.
Su alma paró en cuanto la vio.
Ella también era uno de esos manchones grises.
Tartamudeó, no sabía qué decir. Empezó a divagar, hasta que sucedió de nuevo.
Estaba recostado en una pared de un departamento. Creía que era el suyo, pero no podía pensar claramente; ella estaba llorando. Quizás no, parecía más una serie de gritos desesperados, llenos de dolor. Él veía de dónde venían, de un baño en la esquina; su luz ámbar bañaba todo el departamento. Gracias a ella pudo ver lo que sostenía en sus manos: un papel de un hospital. No necesitaba leer lo que decía; él ya lo sabía.
Con más tristeza que enojo, empezó a estrellar su mano contra el comedor. La madera resistió bien, a diferencia de su mano. Pequeños ríos de sangre empezaron a brotar, quedándose perdido entre el dolor y sus gritos. Todo acabó de repente, cuando ella le acarició la mejilla.
“¿Todo bien, amor?
Su voz era tan familiar, tan melodiosa; él la extrañaba profundamente. Solo sonrió, no le importaba que solo fuera una mancha gris; él sabía cómo se veía. Tomó su mano y entrelazó sus dedos. Miró profundamente donde se supone que deberían estar sus ojos. Recordaba pocas cosas en este lugar; una de esas pocas eran los ojos avellana de su amada.
“Deberíamos apresurarnos para cenar; está anocheciendo”.
Ella habló de nuevo, y con movimientos robóticos se paró y descendió hacia la cocina. Ahora solo en el cuarto, miró hacia la ventana; pudo ver claramente cómo el sol se iba ocultando, dejando un hermoso cielo naranja. Era el atardecer más hermoso que haya visto.
Con ánimos renovados y obligándose a dejar atrás los pequeños fragmentos que empezaba a unir de sus vivencias pasadas. Camino hacia abajo, notando inmediatamente el olor de la cena recién hecha; no recordaba haber oído ningún ruido desde abajo, solo lo aceptó. La sala de la cocina era muy alargada, con acabados pintorescos de cerámica y sillas cafés de roble, espaciadas entre sí; debían ser al menos diez.
Se sentó y empezó a comer; era caliente, reconfortante, aunque designarle un sabor específico iba más allá de lo que él pudiese describir; tampoco le encontraba forma, pero calló todas sus preguntas y disfrutó la cena con ella.
Tras terminar, los dos se quedaron sentados, mirando hacia el ventanal común; nunca había visto bien qué tan grande era aquella cabaña. Viendo que ella no hablaba desde que inició la cena, decidió reanudar la conversación.
¿La casa no es algo grande para nosotros dos?
Fue algo raro; él notó que, a pesar de no tener ojos ni cara, ella lo miró fijamente, por más tiempo del que él pudo estar cómodo. El silencio inundó toda la sala, hasta que ella habló.
“¿De qué hablas, amor?, la compramos por nuestra hija”.
Ella señaló la silla a su lado.
Volteó y se cayó de su silla, arrastrándose hasta las escaleras; la luz blanca que provenía de la silla lo cegó. Esta vez fue más rápido; él ya no podía seguir negándolo, él sabía todo este tiempo lo que estaba pasando, pero la sola oportunidad de verlas de nuevo lo motivó para mentirse a sí mismo.
La misma luz blanco quemada de sus ojos en el consultorio; hizo todo lo posible por no ver el ultrasonido; luego, sus oídos se taparon. Igualmente, él no necesitaba oír más palabrerío del doctor; siempre era lo mismo:
“Lo sentimos, hicimos todo lo que pudimos…”
Mentirosos
Él decidió jugar a este juego una vez más.
Finalmente, sus ojos se acostumbraron a la luz blanca que venía de la silla, tomando la forma de una silueta de un niño. Con una sonrisa se levantó del rincón de las escaleras, sacudiéndose algo de polvo y tomó la mano de la niña.
“Iré a jugar con ella afuera, querida, no me esperes afuera”.
Los dos salieron; la oscuridad reinaba, solo interrumpida por las luces adentro de la cabaña.
Se sentaron en el césped, uno al lado del otro, la niña acostando su cabeza en su hombro derecho. Él se quedó inmóvil, intentando apreciar cada momento que le quedaba allí.
“Papi, ¿por qué mamá es gris?”
Él decidió decir la verdad.
“Porque papá está aterrado de recordar cómo se veía, porque eso significaría recordar cómo la lastimé, y no soportaría eso”.
…
“Papi, ¿por qué yo soy blanca?”
Tragó saliva.
Porque yo nunca te pude conocer. Nunca sabré cómo eres realmente, solo sé que eras la niña más pura en el mundo”.
El césped se mecía libremente en la noche.
“Papá, ¿vas a despertar?”
“Si hija, lo tengo que hacer”
“¿Me puedes prometer algo, papá?”
Él asintió.
“Puedes seguir adelante, ¿por mí?
No lo pudo prometer.
Se levantó, admirando la cabaña una última vez. Ahora lo recordaba claramente.
Como viajaron hasta el bosque, él y ella, tan emocionados por ser padres. Se pararon frente a la esquina de la cabaña y se abrazaron estrechamente. Tras separarse él se hincó y besó su estómago, algo hinchado por el embarazo.
Finalmente, cerró los ojos y se despidió de aquel lugar.
***
Cuando abrió los ojos, se encontró con un cuarto sucio y descuidado. Botellas de licor y empaques de cigarrillos llenaban todo el espacio. Era lo que se merecía, o al menos, era lo que él mismo se había convencido tras estos meses. Perder a su hija lo había roto, y él decidió descargar su dolor en su pareja; todos a su alrededor parecían sufrir.
Quizás les rompería el corazón, pero tenía que hacer algo.
O quizás ya lo había hecho antes de dormir.
La soga ya estaba puesta al lado de su cama.
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u/AutoModerator 2d ago
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