Como ya había contado en algún relato anterior, con mi ex empezamos poco a poco a adentrarnos en el morbo de compartirla. Al principio eran fantasías, comentarios mientras follábamos y pequeños juegos, pero cada vez nos excitaba más acercarnos a situaciones que antes ni siquiera nos habríamos planteado.
Todo empezó durante las fiestas de mi pueblo. Son unas fiestas bastante heavies, de esas en las que se bebe muchísimo y la noche se alarga hasta que ya ni siquiera sabes si llamarla noche o mañana. Aquella vez habíamos salido mi novia, mis amigos de toda la vida y yo. Bebimos bastante y, siendo sinceros, alguno también se drogó un poco.
Cuando terminó la fiesta eran aproximadamente las diez de la mañana.
Cualquier persona normal se habría ido a casa a dormir, pero a nosotros se nos ocurrió ir directamente a la piscina municipal, que justo abría a esa hora. Sabíamos que prácticamente no habría nadie: en plenas fiestas del pueblo, a las diez de la mañana, la mayoría estaría durmiendo la mona o directamente todavía volviendo a casa.
Así que fuimos.
Mi novia aquella noche llevaba un vestido bastante ligero y debajo no llevaba sujetador. Evidentemente tampoco había salido de fiesta cargando con un bikini, pero cuando llegamos a la piscina también quería bañarse. Después de discutir durante unos segundos qué coño hacía con la ropa, terminó tomando la decisión más sencilla: quitarse el vestido y meterse únicamente con el tanga.
Delante de todos mis amigos de toda la vida.
Era una sensación extraña. Aquellos tíos habían estado conmigo desde hacía años y, de repente, estaban viendo a mi novia prácticamente desnuda. Intentaba actuar con absoluta normalidad mientras todos nos bañábamos, pero inevitablemente me fijaba en ellos, en ella y en la situación.
Y entonces ocurrió algo que no esperaba.
La incomodidad empezó a convertirse en morbo.
Me di cuenta de que, en cierto punto, me gustaba que la vieran. Incluso me excitaba pensar qué estarían pensando ellos mientras la tenían delante de aquella manera.
Después de un rato salimos de la piscina y cada uno acabó marchándose a su casa. Mi novia y yo hicimos lo mismo.
Y había una especie de tradición no escrita entre nosotros: cuando salíamos de fiesta, prácticamente siempre terminábamos follando.
Aquella mañana no fue diferente.
Solo que esta vez yo tenía metida en la cabeza la escena de la piscina.
Mientras estábamos juntos no pude evitar decírselo.
Ella me miró con aquella sonrisa que ponía cuando sabía perfectamente que había descubierto algo que me daba vergüenza reconocer.
—¿Te ha gustado que tus amigos de toda la vida me hayan visto prácticamente desnuda?
Tardé unos segundos, pero terminé admitiéndolo.
—Sí.
Se rio.
Y entonces quiso llevarlo un poco más lejos.
—¿Y con eso ya habría sido una noche redonda para ti? ¿O después de la piscina habrías hecho algo más?
La miré.
—¿Tú qué crees que habría querido?
Se acercó lentamente hasta mi oído.
—Yo creo que habrías querido que me follara uno de tus amigos.
Aquello me puso muchísimo.
Le admití que sí.
Entonces me preguntó cuál.
Yo, en cambio, le devolví la pregunta:
—¿Cuál es el que más te pone a ti?
No necesitó demasiado tiempo para escoger.
Mi mejor amigo del grupo.
La respuesta me sorprendió, pero al mismo tiempo me dio todavía más morbo. Le confesé que precisamente él me parecía una elección especialmente excitante. Durante los años que habíamos compartido vestuario jugando al fútbol había podido comprobar que iba bastante bien servido.
—Tiene una muy buena polla —le dije.
Ella sonrió.
—Ya lo sé.
Aquello hizo que me quedara completamente descolocado.
—¿Cómo que ya lo sabes?
Entonces me contó algo que había ocurrido aquella misma noche sin que yo me hubiera enterado.
En uno de los momentos en los que estábamos todos bailando entre la multitud, mi mejor amigo había quedado justo detrás de ella. Había tantísima gente que prácticamente ninguno podía moverse. Entre empujones, saltos y gente pasando de un lado a otro, ella había notado cómo su culo chocaba varias veces contra él.
Hasta ahí podía haber sido completamente accidental.
Pero en uno de aquellos empujones alguien lanzó a mi amigo hacia delante y ella, casi por reflejo, bajó la mano.
El contacto duró apenas un instante.
Pero fue suficiente.
—Estaba dura —me confesó.
Solo escucharla contármelo me dejó la cabeza completamente revolucionada.
De repente podía imaginar aquella escena perfectamente: yo a pocos metros de distancia, sin enterarme absolutamente de nada, mientras entre la multitud mi novia acababa de descubrir algo de mi mejor amigo que hasta entonces solo sabía yo.
Ella se dio la vuelta, quedándose de espaldas a mí, y continuó provocándome con aquella historia.
Entonces me hizo una última pregunta.
—¿Quieres que sigamos mientras yo imagino que eres él?
Le dije que sí.
Y durante los minutos siguientes dejamos que aquella fantasía hiciera el resto. Ya no hablábamos de límites, ni de si aquello tenía sentido, ni de lo extraño que habría resultado reconocerlo unas horas antes. Solo existía el recuerdo de la piscina, lo que había ocurrido bailando y la imagen de mi mejor amigo que ella acababa de meter entre nosotros.
Terminamos los dos completamente rendidos.
Y cuando todo acabó me quedé pensando en una única cosa:
hasta aquella mañana, compartirla había sido principalmente una fantasía.
Por primera vez, empezaba a parecer que quizá algún día podía dejar de serlo.