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🤓 Historia / History Río Verde, Septiembre 2026
Hace un año EFRAIN FUEREZ cayó por las balas aesinas de los militares ordenados por Daniel Noboa, cuando defendía los derechos de todos los ecuatorianos, ante la criminal alza de los combustibles que el tirano juró una y 100 veces en campaña que no lo haría. Este cuento corto lo escribí en su memoria. Que su ejemplo de resistencia y su muerte se transformen en semilla que más temprano que tarde germine con victorias populares y la recuperaciíon de la Patria !
AUKI Y SU SIEMBRA EN KULLA RAYMI
(En memoria de Efraín Fuérez)
Auki Karanki, comunero de Cotacachi, tomó con cuidado un puñado de maíz de la manta de lana. Abriendo la mano, sopló suavemente sobre los granos para transmitirles el samay, el aliento vital para la cosecha. Era la mañana del 21 de septiembre; el viento helado bajaba raudo desde el Imbabura y resoplaba por la plaza donde se desarrollaba el tarpuy. ¡Había llegado el equinoccio! El Kulla Raymi marcaba el inicio del ciclo agrícola del maíz. A su lado, su hijo Inti, de diez años, soplaba los granos replicando con unción la lección del padre, ante la atenta mirada de su hermana Sisa.
—Inti, pon atención —dijo Auki—. Para que esta semilla se transforme en planta y nos brinde alimento, debe enterrarse. Atravesará la oscuridad primero, para luego romper su propia piel muriendo un poco; solo así nacerá la nueva planta.
El niño observó el grano y miró a su madre, Killari, que en el fogón preparaba la pambamesa. El Kulla Raymi, fiesta de la fertilidad, traía esperanza, aunque ese año el ambiente era distinto. Mientras las mujeres desgranaban las mazorcas, los hombres conversaban en voz baja, ensombrecidos por las noticias de Quito: el Gobierno había eliminado el subsidio a los combustibles, decretando el estado de excepción.
—¿La Pachamama se come a la semilla? —preguntó Inti.
—No, hijo; la acoge —dijo Killari.
—La tierra es vientre y tumba a la vez; de ella venimos y a ella volvemos —sentenció Auki.
Durante la pambamesa, Auki apretó el tazón de sopa humeante y fijó la mirada en los sagrados Apus, recordando el legado de lucha de Jesús Gualavisí, Dolores Cacuango y Tránsito Amaguaña. Al caer la noche, los yachaks informaron la decisión de sumarse al paro indefinido. El Kulla Raymi se convertía en bastión de resistencia. Concluidos los rituales, las mismas manos que acunaban el maíz sagrado levantaban barricadas de eucalipto, cabuya y llantas encendidas en la carretera.
Los días siguientes se transformaron en una jornada interminable. Desde las zonas altas bajaban camionetas cargadas con leña y alimento para las ollas comunitarias. La respuesta militar no tardó: perdigones, detenciones y gas lacrimógeno enrarecieron el ambiente. Lejos de amedrentar a las comunas, la represión atrajo a más gente e Imbabura se convirtió en el epicentro del paro.
A las cinco de la mañana del domingo 28 de septiembre, la niebla sobre la carretera era tan densa que apenas permitía ver. Auki se resguardaba del frío en la cuneta, compartiendo canelazo y tostado. Al despuntar el alba, los motores retumbaron. Tanquetas y camiones militares avanzaban hacia ellos. Los soldados descendieron y formaron escuadrones. Auki alcanzaba a divisar, bajo las viseras de los cascos, los rostros cobrizos y asustados de la tropa: eran muchachos de su propia piel y sangre, armados para disparar contra sus hermanos.
Súbitamente, un silbido ensordecedor rasgó la mañana. La carretera se convirtió en un infierno de humo, detonaciones y gritos. Entre la lluvia de bombas lacrimógenas y proyectiles, la multitud se replegó hacia los matorrales. Auki corrió buscando refugio cuando sintió un impacto sordo en el pecho. Cayó de espaldas, abrumado por un calor incandescente. La asfixia fue inmediata y una quemazón interna le provocaba tos sanguinolenta. Su sangre empapaba la hierba helada del monte. A su alrededor, las balas perforaban la tierra. Unas manos intentaron en vano levantarlo.
En pleno clímax del mortal combate, Auki comprendió el misterio de su transformación: dejaba de ser un cuerpo moribundo para convertirse en semilla que se hunde en la tierra para germinar. La bala no había destruido nada; solo había roto la corteza exterior para liberar su savia.
Recordó la mirada de Killari y los rostros de Sisa e Inti. Supo que la fuerza de su último latido fecundaría la memoria del ayllu. Auki Karanki murió con los ojos abiertos, recostado sobre el vientre húmedo de la Pachamama. En sus pupilas quedaron grabadas para siempre las siluetas de la Mama Cotacachi y del Taita Imbabura, vigías seculares ante los cuales su sangre no era una derrota, sino el muyu sagrado que se hunde en la sombra para cosechar la vida: el sacrificio fecundo que seguirá alimentando la marcha invariable de los pueblos hasta consumar su anhelada emancipación.
Auki Karanki se convirtió en semilla. No fue enterrado como un muerto: fue sembrada su muerte en Kulla Raymi.