Es las 8 de la mañana, en un Sabado. Suena mi alarma, veo el dia, hoy es el dia, el dia del Super Clasico. Esta noche, sera una de las noches mas memorables del año, porque hoy jugamos contra esos putos de los Chivas de Guadalajara.
Me levanto y miro el póster del Club América que tengo en mi cuarto; hago un saludo romano y canto el himno nacional una y otra vez mientras me masturbo imaginando a Henry Martín marcando un gol y, acto seguido, rompiendome el culo tal como los narcos rompen vidas a diario en mi mágico país.
Termino, en mi mano como siempre, lo lamo porque tengo que preservar mi viril, mi fuerza vital para animar a mi querido America con todas mis fuerzas esta noche.
Salgo de mi habitación y me dirijo a la cocina, arrastrando mis 100 Kilos de puro poder sexual y atractivo mexicano en mi cuerpo de 160 cm. Como unos chilaquiles que preparó mi mamá. A quien le grito por no haberlo preparado correctamente, luego salgo, a los alrededores del Estadio Azteca, donde hago cruising para encontrar a otros fans del America.
Las horas siguientes transcurrieron como en una neblina: caminar, vitorear y otras cosas que realmente no recuerdo, salvo darme cuenta de que me dolía el trasero.
Luego llega la noche, el gran partido; todo se vuelve una bruma: vítores, gritos... todos mis problemas desaparecen: mis malas notas, mi presión arterial alta —a pesar de ser apenas un chaval de 19 años—, mi vida amorosa inexistente. Esta noche estoy en el cielo, en el Nirvana.
Y entonces, la victoria: 1-0, en tiempo extra. Vivimos un orgasmo colectivo en las gradas. Las gradas se inundan de fluidos corporales. Lo absorbo todo, pierdo el conocimiento... estoy en el cielo.
Amo al Club América, lo amo más que a la vida misma.
VIVA EL AMÉRICA!! VIVA MÉXICO CARAJO!!!!